Club de lectura 2024

Escritoras que escriben en español

Dirigido a estudiantes de español como lengua extranjera (nivel B2, C1 y C2)

Día de la reunión: último domingo de cada mes, a las 10:00 (hora de la Ciudad de México)

*Este programa del Club de lectura 2024 puede tener modificaciones. 

Club de lectura en español Book Club in Spanish Club de lecture en espagnol

Este 2024, leeremos escritoras que escriben en español, sin importar su nacionalidad. Como saben, este club de lectura tiene como objetivo conocer la literatura hecha en español. Pero, además, también buscamos comprender la cultura hispanófona a través de textos escritos en español como lengua original. 

Esta vez tocan las escritoras que tanto tiempo lectores y lectoras han dejado de lado. Por eso, durante todo este 2024, vamos a leer escritoras hispanófonas, reivindicándolas como se lo merecen. 

El club de lectura funciona así

  1. Dejamos el texto aquí. 
  2. Lo leemos 
  3. Nos reunimos y comentamos, destacando los temas principales o lo nos llamó la atención. 
  4. Hacemos una conclusión de la importancia de la escritora y su obra.
  5. Nos vamos felices por haber leído y disfrutado de la gran literatura.  

Reglamento del club de lectura:

  • Todas las participaciones en el club de lectura son aceptadas, siempre y cuando, no sean: racistas, xenofóbicas, homofóbicas, clasistas, transfóbicas, sexistas, machistas, en fin, cualquier comentario que violente a las personas. 
  • Para formar parte del club, no hay que ser especialista en literatura. Sólo hablar español y tener ganas de compartir lo que leemos. 
  • No hay problema con la puntualidad: cualquier participante puede entrar a la sala virtual el día de la reunión en el momento que pueda o quiera.
  • Todas las personas que quieran participar de las sesiones del club de lectura deben y registrarse previamente. No puede compartirse el enlace de la sala sin el consentimiento de la coordinación del club. 
  • No es necesario asistir a todas las sesiones. Quienquiera puede unirse las veces que sea. 
  • El club de lectura es una actividad totalmente gratuita para estudiantes de español como lengua extranjera, sean o no parte de la escuela La vida en español

Sesión 1

Título del cuento: «La quemazón» 

Autora: Adela Fernández (Ciudad de México 1942-2013)

Día de encuentro: 28 de enero

Hora: 10:00 (hora de Ciudad de México)

Un poco de su biografía: bit.ly/3tBBPjt 

Adela Fernández La quemazón club de lectura en español

La quemazón

Cuando entré a avisarle a mi padre que lo buscaban, estaba ahí, junto al fuego, masticando brasas y cantando para agradecer a los dioses los dones poseídos. Interrumpí su canto para decirle que urgentemente necesitaban de su ayuda. Un niño de Chenalhó venía a buscarlo porque su hermano, el más pequeño, estaba enfermo. Tras besar la tierra, que es la manera en que se saluda a un brujo cuando uno va pedirle que intervenga en una curación, le contó que al principio creyeron que el niño se había enfermado por los pecados de su madre. Pero ella, para aliviarlo, ya había comido su propio excremento como se debe hacer en estos casos y aun así el mal no se alejaba. Entonces fue cuando pensaron que no se trataba de los pecados (que recaen en los niños inocentes para ser purgados por medio de las enfermedades, el dolor o incluso la muerte) sino que tal vez un Ti’bal le había devorado el alma.

Los que tienen el alma fría nada pueden hacer para defenderse de los aires nefastos que vomita la boca del infierno; ni de los Ti’bales, espíritus que se alimentan del alma dejando a la gente muerta a medias.

Mi padre tiene el alma cálida, protegida por el Señor Sol. Con el fuego que lleva dentro tiene la fuerza suficiente para hacer el bien o el mal. Cuando la mujer de su hermano se metió con otro hombre, mi padre la desnudó y le echó su vaho por todo el cuerpo. Con sólo hacer eso ella ardió y ahora anda toda chamuscada. También lo he visto recobrar las almas. Se pone una máscara con la que invoca al aire, reza la misma palabra con insistencia hasta que se escucha un zumbido. Entonces atrapa en el aire el alma que anda en el aire. El alma es una serpiente tan delgada como un hilo, y cuando mi padre la devuelve al cuerpo del desposeído ésta le entra por la boca con la rapidez del aire.

Se puso su máscara y rezó con insistencia, pero esta vez el aire no trajo nada. Por eso decidió ir a ver al enfermo y partimos a Chenalhó.

Caminamos todo el día y sólo nos detuvimos a beber en el ocaso, cuando el sol se convierte en águila que cae a las entrañas de la tierra. A esta hora, mi padre siempre tiene convulsiones y emite sonidos de águila. Una vez que se calma, come tierra y reza.

Era ya de noche cuando estábamos próximos a llegar al pueblo. Había algo inquietante en el aire y se escuchaba a lo lejos un bullicio como de fiesta o de riña. De entre los árboles salió mucha gente con palos y piedras que gritaban “muerte al brujo”. A sus gritos, vinieron otros con antorchas. El niño que fingió necesitar ayuda y nos hizo venir hasta Chenalhó, se fue corriendo. Me sorprendió que mi padre, que todo lo adivina, no hubiera advertido el engaño.

Los de Chenalhó, motivados por el cura, con astucias hicieron venir a los brujos de la región para darles muerte. Nos apedrearon y a empujones nos llevaron al pueblo.

El aire traía muchos gritos de otras partes, y en distintos sitios, por entre los árboles, se veía correr la lumbre de las antorchas de aquellos que perseguían a mansalva a los brujos que trataban de escapar. En el centro de la plaza había una hoguera. Vi que entre muchos hombres iban arrastrando a uno al que querían arrojar al fuego, pero el brujo se convirtió en serpiente, se escurrió entre los cuerpos y se metió en un hoyo. Otro hombre, al que también jaloneaban con el mismo propósito, se convirtió en venado y tras patear a algunos salió corriendo. Fue flechado por un joven y entonces se convirtió en águila; desde el cielo se sacudió la flecha, que cayó sobre el joven causándole la muerte.

Cuando vi todo esto ya no me importó ver cómo arrastraban a mi padre. A mí me soltaron cuando dijo que yo era de alma fría y a él lo llevaron hasta la hoguera. Con la cara arrastrándose en el suelo me gritaba que fuera a casa, pero yo estaba sin poder moverme, esperando su transformación. Él se quedó hombre todo el tiempo y vi cómo lo echaron al fuego. Su cuerpo se retorció y se volvió cenizas.

Comprendí que mi padre no tenía los poderes suficientes para transformarse como los otros brujos, y lloré su muerte y más aún lloré su debilidad. Me quedé ahí en el pueblo viendo la quemazón. Pocos fueron los brujos que llegaron a quemar, y por cierto fueron los más ancianos, porque los otros se transformaron en animales y lograron huir.

De regreso a casa, durante la larga caminata, no pude quitarme de la mente la figura de mi padre retorciéndose en el fuego. Caminé con asco por aquel olor a hombres quemados, que tanto me penetró; caminé con tristeza y desilusión.

A llegar a la casa mi padre estaba ahí; sentado junto al fuego, masticando brasas y cantando.

 

Sesión 2

Título del cuento: «Te lo cuento otra vez»

Autora: Denise Phé-Funchal (Guatemala, 1977)

Día de encuentro: 25 de febrero

Hora: 10:00 (hora de Ciudad de México)

Sobre la autora: https://bit.ly/3uu7ZxJ 

Denise Phé-Funchal te lo cuento otra vez Guatemala escritora guatemalteca

Te lo cuento otra vez

Vuelvo a decirte, amor, que el hermanito tenía razón. La virgencita me echaría la mano si le pedía con fervor. Ves, lo linda que está la casa, las flores anaranjadas que hacen que hasta te veás guapo cuando me acompañás en la mesa y me mirás con tus grandes ojos abiertos. Ahora te confieso, mi gordito, que el hermanito quería darme un amuleto, un amarradito con un poco de tu pelo que encontré en un peine, pero le dije que no, que habíamos probado ya con lociones, con la cruz hecha de la suela de tus zapatos, con botellas de ron añejo con tu nombre y tu foto en pedacitos encerradas en pilares de construcciones y en jardines. El hermanito dijo que levantara este altar para la virgen, que lo llenara de las flores anaranjadas y que le depositara unos mil y pico, que atrás de las flores pusiera una botella con mi pis y que ahí echara la última foto que tenía de vos hecha pedacitos. Levanté el altar pero no pude hacer pis. Llegaste y fue lo de siempre. Gritos de alcohol, tu puño, mi cabeza contra la pared, vos encima, adentro y tu puño contra mi cara y yo pidiéndole a la virgen que todo terminara y luego vos y tu hambre, tus ganas de huevitos fritos y mis ojos hinchados. Te quedaste dormido. Yo en la cocina. Yo poniendo el sartén sobre la hornilla, echando el aceite. Yo partiendo los huevos. Yo buscando una espátula, yo que abro una gaveta. El hacha para carne.

Una, dos, tres. Tus ojos abiertos. No pudiste, siquiera, gritar. Volví a la cocina, encendí la hornilla, comí. Dormí en el sillón hasta que tocaron a la puerta. Abrí la ventanita. Alguien me dio un papel, dijo que ahí mandaba el hermanito las instrucciones. Esa tarde le deposité.

Aproveché el viaje al banco para comprar un frasco de vidrio grande, con tapadera de metal y una piedra de afilar. Desde esa tarde, los perros del barrio siempre me saludan y me mueven la cola. No pude soportar sus caritas tristes de cuando te acabaste. Les sigo dando de comer. Seguí las instrucciones y ahí estás. Aunque cada vez más el líquido se nubla, sé que estás ahí con tus ojitos abiertos y sé que no podrás volver a tocarme. A veces la policía viene y pregunta por vos. Y yo vuelvo a abrir la puerta con cara de esperanza y pregunto si te han encontrado y lloro mientras aseguro que espero que vuelvas pronto y les muestro el altar para que la virgen te traiga de vuelta a mí. No saben que vos te escondés adentro de la imagen, que a veces incluso parece como si te movieras dentro del frasco, como si tus párpados se cerraran y quisieras gritar. Los policías me ven con ojos de misericordia y me dicen que disculpe, que cada vez que tu madre aparece por la comisaría gritando como loca con tu padre atrás intentando calmarla, al director le da pena y les pide volver, interrogarme mientras afuera, dentro de la patrulla, tu madre llora y tu padre la abraza. Lloro y digo que entiendo el dolor de mis suegros y aseguro que rezaré por ellos. Los policías se disculpan, se inclinan ante la virgen antes de marcharse. Es mi historia favorita. Al rato te la cuento otra vez, amor, quizá finalmente gritas.

Sesión 3

 

Título del cuento: «Pequeña»

Autora: María del Carmen Pérez Cuadra (Nicaragua, 1971)

Día de encuentro:  28 de abril

Hora: 10:00 (hora de Ciudad de México)

Sobre la autora: https://shre.ink/rB89 

María del Carmen Pérez Cuadra escritora Nicaragua club de lectura 2024 español como lengua extranjera

Pequeña

Lloró mucho el día que la maldición se cumplió –justo para su cumpleaños número 15– y en lugar del cuerpo libre y bárbaro de Venus de Willendorf, con el que había vivido toda su vida, recibió un cuerpo enjuto con un estómago reducido, un par de senos inflados cual toronjas sobrenaturales encajadas en el escuálido esqueleto de delgados y acalambrados músculos de la espalda. Dolía el trapecio, el esplenio y sobre todo los esternocleidomastoideos. Empezaba a sollozar el dorsal ancho de tanta penuria. Sin embargo, todas las infantas de su reino celebraban ese día tan importante con máscaras de colágeno puro, sesiones de depilación de cuerpo completo y sus primeros zapatos de acero inoxidable que corregían con gracia sus anchos pies indígenas para transmutarlos en piececitos apenas útiles. Mientras durara el proceso, ella debía pasar horas y horas haciendo gimnasia y aunque quisiera no podía comer ni pájaros vivos, ni cangrejos recién capturados en el borde de la playa porque desde ese momento su alimento primordial sería un complejo de pastillas para adelgazar. Pero lo peor de toda esa transformación fue el achicamiento progresivo de su cerebro que perdía la capacidad de ver más allá de sus narices. De modo que allá atrás, en un punto ciego detrás de sus ojos iban desapareciendo: las montañas, las nubes, los árboles, el aire. El trajín de 16 horas diarias, con el cuello torcido hacia abajo pendiente de una diminuta pantalla luminosa la madurez, una de sus compañeras leía con indignación una revista National Geographic donde se hablaba de una tribu bárbara que en su rito de iniciación a la vida adulta obligaba a sus integrantes, de 16 años, a clavarse agujas hechas con huesos de pescado en los pezones. Eso significaba que ya podían cazar e ir a la guerra. En ese instante la pequeña Bruta vio su diminuto vestido rosado y empezó a llorar un dolor descomunal que no había conocido antes.